CDMX: Crónica de un des-confinamiento.

por Natalia Lara

El 1 de junio de 2020, se decidió iniciar la reapertura de la economía para México. Acorde con las estadísticas y proyecciones matemáticas, el tope de la curva de contagios ya había pasado; por lo que, empezaríamos a recobrar nuevamente las dinámicas sociales.

 

Se diseñó un semáforo, como parte de la política de reactivación económica, donde cada entidad federativa acorde con sus proyecciones, determina en qué color se encuentra su población, qué comercios puedes abrir y en qué porcentaje. Los colores son: 1) rojo, solo comercios esenciales; 2) naranja, comercios esenciales y restaurantes o actividades recreativas al 30%; 3) amarillo, comercios esenciales, actividades recreativas e industria no esencial al 50%; y 4) verde, apertura completa.

 

Sin embargo, el desconfinamiento no fue paulatino como se esperaba, la rapidez con la que se llenaron las calles, comercios y malls, fue por demás desbordada. Ciudad de México inició en semáforo rojo, pero modificó el significado de comercio esencial para que un mayor número de personas tuvieran la oportunidad de mejorar sus ingresos. Dentro de los más beneficiados por esta medida, se encuentra la industria de la construcción, que representa un eje bastante polémico, ya que da pauta a fenómenos de desplazamiento como son la gentrificación y los desalojos forzados.

Un caso emblemático de esta situación fue el Café Trevi, ubicado en la Alameda Central a unos metros del Palacio de Bellas Artes. Un icono histórico de la Ciudad de México, en el cual llegaron a reunirse Fidel Castro y Ernesto “El Che Guevara”. Este local perdió la batalla contra un “co-working”, que ha desalojado ese recinto, junto con los apartamentos aledaños, en plena pandemia. A pesar de los elementos jurídicos interpuestos por los dueños, estos no han sido procedentes porque los juzgados permanecen cerrados, ya que esas diligencias administrativas no son consideradas como esenciales. Por ahora, los vecinos iniciaron un campamento a las afueras de lo que fue alguna vez su vivienda al lado del Café Trevi, esperando que no proceda la demolición y construcción de un edificio de oficinas.

 

Se debe destacar que, las zonas turísticas de la ciudad se saturaron, donde los cafés—que no han sido amenazados por las constructoras—idearon una creativa solución para cumplir con las medidas de distanciamiento físico, empezar a colocar sus mesas y servicios en las banquetas y lugares abiertos. Acorde con algunos urbanistas, estamos viviendo un periodo de terrazisación; es decir, los restaurantes improvisan terrazas en las vías de tránsito, lo que imposibilita el acceso al espacio público. Ahora para sentarte en un parque debes consumir un café y es casi imposible transitar entre sillas y mesas que se encuentran de forma desordenada en las aceras.

 

Pero también, hemos visto largas filas en comedores comunitarios, quienes venden comida a precios muy bajos 1 , o bien la regalan. Cada vez son más las personas que se forman desde las 6 de la mañana, para esperar el almuerzo que se sirve a las 13 horas. Muchas familias, se han quedado sin un sustento debido al cierre de las escuelas, madres que vendían dulces al terminar el horario escolar, choferes de autobuses que llevaban a los estudiantes al colegio; incluso docentes de escuelas privadas, han sido desempleados debido a la disminución de matrícula en estos recintos educativos.

 

Parece que todo este bullicio de desesperación por terminar la cuarentena se refleja en una ciudad desordenada, a la cual no logramos encontrar mucho sentido. Las actividades esenciales son tan diversas que las tiendas de ropa como ZARA, son parte de esta lista. Las personas debemos usar el cubrebocas para transitar, pero cada vez es menor el distanciamiento físico que es esencial para evitar los contagios. Tenemos un espacio público abarrotado, ya sea por una apropiación del territorio por parte de los restauranteros o por parte de las personas que deambulan tratando de sobrevivir un día más con recursos muy limitados. Y a todo esto le sumamos múltiples manifestaciones, algunas con una trayectoria más consolidada—como la de colectivos feministas y de organizaciones de trabajadores—, y otras más recientes, pero con una legitimidad incuestionable—como lo son las movilizaciones de los repartidores de UBER y Rappi, quienes demandan ser incorporados a la seguridad social.

 

En dos semanas de movilidad dentro de la Ciudad de México, donde los tianguis 2 regresaron, las tiendas, los comercios, la personas, etc., el número de contagios aumentó; así como, el número de hospitalizaciones. La capital del país se encuentra en semáforo naranja; no obstante, las autoridades federales han sugerido que lo más conveniente para los capitalinos sea regresar al rojo. Sin embargo, la situación económica estrangula a tantas familias que el confinamiento podría ser más letal que el mismo virus. Ciertamente las proximidades se han vuelto un problema público, y las políticas están siendo insuficientes para construir un modelo de acceso sano a la ciudad. Comercios, calles, plazas, parques, tianguis, se encuentran saturados; pero en mi opinión, se debe más a una necesidad de sustento que a una manera de desprestigiar la enfermedad.

 

Ciertamente todavía hay personas—más que nada jóvenes—que tienen una actitud un tanto narcisista y poco consciente de no creer que la enfermedad es real. Pero cada día que pasa, la letalidad de la COVID-19 nos ha demostrado que nadie está exento y que son precisamente los que no se pueden resguardar lo que más han sufrido las consecuencias de esta pandemia.

 

Mientras tanto, la Ciudad de México, seguirá en un incierto semáforo naranja, esperando que los contagios disminuyan y la economía mejore. Dentro de todo, un guiño de esperanza es que la saturación hospitalaria nunca ha rebasado más del 80% y los programas de apoyo de siguen multiplicándose, estos dos elementos representan un escudo ante la pandemia.

1 El menú tiene un costo de 50 centavos de dólar e incluye dos tiempos.

2 Los tianguis son mercados en la vía pública donde se venden los artículos de primera necesidad.

 
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Natalia Lara es coordinadora de la Licenciatura en Administración y Gestión Pública de la Universidad Abierta y a Distancia de México—institución pública de educación superior—y docente de la Maestría en Administración en Sistemas de Salud en la Universidad Internacional de la Rioja. Maestra en Políticas Públicas Comparadas por la FLACSO- México, se ha centrado en el estudio de la sociedad civil y la participación ciudadana, tomando como referencia las movilizaciones en torno al derecho humano al agua. 

 

La nostalgie des bons vieux clichés

por Pauline Franchini

Depuis quatre ans, je donne des cours de littérature comparée en licence à l’Université de Bourgogne, à Dijon. Même si vous n’avez jamais mis les pieds à Dijon, je suis sûre que la simple évocation de ce nom suffit à faire défiler devant vos yeux des images de pots de moutarde. En m’installant dans cette ville, j’ai appris à y associer d’autres images mentales, qui ont presque effacé la première : Dijon, c’est un peu la moutarde, mais c’est aussi un peu le kir au cassis, la chouette porte-bonheur, les Ducs, le brouillard, les toits colorés. Bref, j’ai ajouté à ma mosaïque d’autres clichés, aux deux sens du terme : le stéréotype et la photographie.

La littérature brésilienne est peu enseignée dans les universités françaises et, de façon générale, l’actualité de cette contrée lointaine est peu présente dans les médias, ou bien à la marge. Nombre de mes interlocuteurs pensent souvent que le Brésil est hispanophone. Alors, lorsque j’introduis la littérature brésilienne dans mes cours, j’aime partir des clichés pour les déconstruire petit à petit à l’aide des textes. Je commence par montrer un article de presse de 2015 qui a pour titre « Salon du Livre de Paris : les auteurs brésiliens à l’honneur. » Pour illustrer cet événement qui célèbre la littérature brésilienne hors de ses frontières, le journaliste a eu le bon goût de choisir un cliché représentant trois belles jeunes femmes noires et métisses en maillot de bain sur la plage de Copacabana, arborant le drapeau vert et jaune et un ballon de football. Le foot, le micro-bikini et l’érotisation de la femme racisée s’imposent irrésistiblement jusque dans les pages culture d’un journal très sérieux. Rien d’étonnant donc à ce que mes étudiants, des jeunes bourguignons de dix-huit ans, aient les mêmes images exotiques en tête. La séance d’introduction de mon cours consiste en un passage en revue des premiers mots qui leur viennent à l’esprit quand ils pensent au Brésil. Chaque année, sans surprise, la même litanie : Rio, samba, foot, carnaval, joie, soleil, strings à paillettes. Une carte postale immuable. Un été perpétuel. Une invitation au voyage. Certains évoquent parfois les favelas, la violence et le trafic de drogue – toujours à Rio, parce qu’ils se souviennent de La Cité de Dieu et de Troupe d’élite. Tout mon plaisir réside dans le dépaysement que procurent les textes que nous lisons ensuite : on part loin, très loin de la chaleur et des couleurs de Rio, à Porto Alegre avec Moacyr Scliar, à São Paulo avec Luiz Ruffato, dans le Minas avec Conceição Evaristo, dans le sertão du Nordeste avec Graciliano Ramos. 

En ce mois d’août, comme chaque année pendant les grandes vacances avant le début d’une nouvelle année universitaire, je prépare mes cours pour la rentrée. Les jeunes qui entrent à la fac en 2020, on les appelle déjà la « promotion Covid », eux qui ont obtenu leur baccalauréat selon des modalités inédites à cause du confinement. À l’heure actuelle, nous ne sommes pas sûrs de les retrouver assis en face de nous sur les bancs des amphithéâtres en septembre. Peut-être devra-t-on poursuivre l’enseignement à distance. Peut-être devra-t-on porter un masque en classe et dans les couloirs. En tout cas, rien ne sera comme avant. Même les réponses d’habitude si prévisibles ne seront plus les mêmes. Quels mots vous viennent à l’esprit quand vous pensez au Brésil ? Bolsonaro. Coronavirus. Hécatombe. Catastrophe. Fosses communes. Chloroquine. Fake news. Extrême droite. Fanatisme. Irresponsabilité. Chaos. Danger. Même les moins politisés d’entre les étudiants savent, au travers des infos à la télévision, que Brésil rime aujourd’hui avec Covid. Les dernières images de Copacabana qui nous sont parvenues montraient des croix macabres plantées par centaines dans le sable. Le Brésil de Bolsonaro ne fait plus rêver les jeunes bourguignons de dix-huit ans. Le Brésil de 2020 fait froid dans le dos. Au mois de février, au cœur de l’hiver, quand je racontais que je rentrais du carnaval de São Paulo, je voyais des petites torches d’envie et de rêve s’allumer dans les yeux des gens. Aujourd’hui, j’entends : « Tu es retournée au Brésil cette année ? Quelle horreur ! »

 

Non, ce cours d’introduction n’aura pas la même saveur, la même fraîcheur, la même naïveté que d’habitude. Comme Paris sans la tour Eiffel. Comme Dijon sans la moutarde. Où sont passés la samba, les paillettes, le foot, le soleil et la joie ? Quelle saudade, quelle nostalgie des bons vieux clichés !

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Pauline Franchini é francesa e doutoranda em literatura comparada pela Universidade de Dijon. Desde a sua primeira viagem em 2014, ela é tão apaixonada pelo Brasil que tatuou um pé de jabuticaba e a palavra « saudade » no braço.