São Paulo, 14 de junho de 2020, 103 dias de quarentena.

 

A reflexão inicial atravessa o significado da própria palavra “isolamento” e a real possibilidade de proteção e autocuidado neste contexto. Como professora e funcionária pública tive o privilégio de me confinar, de maneira confortável, dentro dos limites de minha casa. Enquanto mulher negra e periférica, não. Nestes 103 dias não pude efetivamente gozar da possibilidade de ressignificar minha existência e minha relação com o mundo, considerando-se que os limites estabelecidos para um corpo negro numa sociedade racista não se alteraram depois da propagação do vírus. O reconhecimento de que a covid-19 mata mais pessoas negras do que brancas não se efetivou apenas após o aumento do contágio, mas sempre foi uma premissa dentro de uma sociedade estruturalmente racista.

 

Neste sentido, o nosso medo não surge a partir da possibilidade do diagnóstico, ele se potencializa com a existência de mais um elemento no arcabouço gigantesco de possibilidades que se somam há mais de 400 anos de desumanização da comunidade negra no Brasil. A máscara, forte aliada na proteção, se torna mais uma elemento para a desconfiança policial e a vigilância dentro das grandes redes de supermercado. Não é o diagnóstico que assusta, mas a negação histórica de uma série de direitos básicos que vão desde saneamento e moradia ao sistema de saúde. O ato de amor e o autocuidado não figuram como opções quando existe efetivamente a obrigatoriedade de algum membro da família seguir trabalhando, afinal, o trabalho doméstico ainda é considerado essencial. 

 

Aos olhos de muitos que estão cumprindo rigorosamente a quarentena, existe a reprodução de uma lógica que coloca o vírus como o vilão de uma série de adversidades que sucumbiram ao seu campo de visão apenas agora. A crítica de muitos gira em torno da falta de acesso de grande parte dos alunos as aulas à distância – menos de 50% deles consegue acompanhar as transmissões ao vivo. A impressão que tenho é a existência de uma grande lacuna e um desconhecimento do cotidiano da escola em que, apesar da presença física dos alunos, menos de 50% deles consegue construir um processo efetivo de aprendizagem porque a escola pública foi configurada para, cotidianamente, não dialogar com eles, não compreendê-los enquanto sujeitos do conhecimento. 

A escola atua há tempos através de um currículo e toda uma ritualística simbólica que produz e reproduz, pelas relações de poder, a lógica do indivíduo negro como desprovido da capacidade de produzir história e cultura. A falta de acesso e a permanência precária dentro das escolas é anterior à pandemia. Assim como a vulnerabilidade de nossos corpos. Não à toa, no dia 24 de abril, David Nascimento dos Santos, vendedor ambulante de 23 anos, foi levado pela polícia enquanto aguardava a entrega de seu lanche na esquina de sua casa e encontrado morto dias depois; em 18 de maio, João Pedro, de 14 anos, também desapareceu após abordagem policial dentro dos limites de sua casa, conforme orientado. Os tiros que ceifaram a vida de todos eles não tiveram como alvo a materialidade do meu corpo, mas se voltaram contra a minha subjetividade e de toda uma coletividade da qual faço parte.

Na propaganda do governo do Estado de São Paulo, o slogan “Fique em casa enquanto ato de amor” coloca um questionamento sobre quem seriam os reais interlocutores dessa orientação. A afirmação de que “a vida de quem a gente ama não dá pra recuperar” não se refere, definitivamente, à comunidade negra e pobre do estado. Considerando-se o legado do sistema escravocrata e a perversidade da violência racista que se reinventa e materializa continuamente, torna-se imprescindível questionar não apenas o sentimento de caos potencializado pela quarentena, mas a própria lógica que normaliza a vulnerabilidade de negros e pobres em nossa sociedade.

Tássia Nascimento é doutora em Ciência da Literatura, professora da rede estadual de São Paulo e mulher negra.

La nueva normalidad: Crónica del inicio del desconfinamiento

Ciudad de México, 14 de junio de 2020. En la Ciudad de México, la capital de mi país, después de 103 días en confinamiento, se ha anunciado que el 15 de junio, iniciaremos la transición a lo que el gobierno de nuestro país ha denominado como la “Nueva Normalidad”. Me encuentro a menos de 24 horas de poder salir nuevamente a parques y mercados, y de que las tiendas locales puedan volver a abrir con ciertas restricciones. Si bien es cierto que México optó por un aislamiento voluntario, donde no hubo toques de queda o medidas coercitivas que nos obligaran de tajo a quedarnos en casa, por lo menos un 20% optó por aislarse y este porcentaje fue creciendo hasta un 65% acorde con la información oficial publicada por las autoridades de salud.

“Quédate en casa, Salva Vidas, y Si no puedes CUÍDATE”, es todavía el slogan de la capital mexicana, cuyas autoridades han colocado cientos de carteles por toda la ciudad anunciando que nos encontramos en peligro si salimos a la calle. Vivimos en un país donde el 60% de la población vive del comercio informal, quedarse en casa un día, representa también un día sin comer para millones de mexicanos a lo largo de la República. Desde esta perspectiva, la comprensión de que el aislamiento no era una opción para todas y todos, fungió como un acto de tolerancia para múltiples gobernadores quienes brindaron apoyos económicos para lograr que la mayor parte de la población se refugiara. 

La pedagogía de la pandemia en México, se ha estructurado desde conferencias de prensa diarias, impartidas por la Secretaría de Salud las cuales anuncian el número de personas contagiadas por día, el número de muertos por COVID, el número de casos sospechosos y el número de recuperados. Poco a poco, se convirtieron en una de las transmisiones con más raiting en México. Aunada a ellas, tenemos conferencias de prensa en las mañanas por parte del presidente, quien, de igual manera, repite las cifras y estadísticas de las autoridades sanitarias, y, por si fuera poco, la alcaldesa de la capital, al igual que otros gobernadores, brinda otra conferencia de prensa diaria sobre las estadísticas del Coronavirus en la Ciudad de México a las 11 de la mañana. 

Durante el inicio de nuestro aislamiento, el 23 de marzo, la frase que más escuchamos en medios de comunicación era: “Quédate en Casa”. Las predicciones matemáticas de los expertos de la Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, pronosticó el 8 de mayo como el punto cumbre de la pandemia, después de esa fecha podríamos pensar que comenzaría el descenso en el número de casos. No obstante, al llegar a ese día, la tendencia a la baja no sucedió, seguíamos acumulando miles de casos diarios. Perdí la cuenta de los incrementos después de llegar a los 103 mil casos, cuando la gráfica sumaba 3 mil contagios diarios de forma constante. La última información proyectada por las autoridades sanitarias al 13 de junio, manifestó que eran 142 mil 690 los casos en nuestro país con un incremento constante de una semana de 4 mil casos diarios aproximadamente.

 

Después de la proyección del pico epidémico, algunas ciudades como Cancún y Tijuana indicaron que se había cumplido la predicción del grupo de científicos mexicanos; sin embargo, mi ciudad, donde se encuentra el brote más fuerte de la pandemia en nuestro país, seguía aumentando el número de contagios. Las noticias corren muy rápido, y la desinformación ha permeado en todo sentido. A pesar de las múltiples conferencias y boletines de prensa por parte de las autoridades sanitarias y grupos científicos, los medios de información han traducido las interpretaciones de los datos de maneras tan diversas que, lejos de saber si habrá una luz al final del túnel, se encuentra la sensación de que el gobierno se ha equivocado y que vamos a una catástrofe. Sin embargo, las indicaciones de distanciamiento social y lavado constante de manos, son los pilares para que la gente rompa la cadena de contagios; y así, se ha estado mimetizando dentro las prácticas cotidianas de las personas. 

El primero de junio, como si hubiera sido más un decreto que una proyección, se suspendieron las medidas de aislamiento nacionales y las autoridades de cada entidad federativa regionalizaron los protocolos para regresar a lo que se le llamó: “La Nueva Normalidad”. El “Quédate en Casa” se transformó en el “Aplanamos la Curva”, y se comenzaron a diseñar medidas para regresar a los trabajos y nuevamente abrir comercios y fábricas que permanecieron cerradas en estos 103 días. Claudia Sheinbaum, gobernadora de nuestra capital—donde me encuentro aún aislada—manifestó que, en la CDMX, estábamos en un foco de alto contagio y las medidas de aislamiento continuarían: comercios no esenciales cerrados, suspensión de tianguis, parques, plazas, gimnasios, restaurantes y centros recreativos sin posibilidad de apertura, el transporte público operaría en horarios más acotados, etc. Sin embargo, proyectaba que el pico de la curva epidémica sucedería el 6 de junio y a partir de ese momento ya podríamos entrar a la “Nueva Normalidad”. 

La luz al final del túnel, se siente más como una segunda fase de este trayecto. Parece que pesa más la economía de todas esas personas que viven al día, de aquellas que no puede esperar más y a gritos demandan regresar a trabajar como antes. A pesar de que mencionan que los datos de los casos aseguran que es tiempo de salir, la sensación de que el virus sigue cobrando vidas no ha desaparecido. Tan solo en mi cuadra, he conocido tres casos de personas que han enfermado: 1) la novia del tamalero, que todas las noches pone su puesto esperando que alguien pueda comprar algún tamal a pesar que las calles se han mantenido vacías; 2) el cura de la iglesia, quien a pesar de las restricciones daba misa en el atrio; y 3) el señor de la tiendita, quien por considerarse comercio esencial jamás cerro su puerta.   

La Nueva Normalidad, permite que pequeños comercios abran, y que la plantilla de trabajadores de algunas empresas regrese, siempre y cuando se tomen las medidas necesarias para evitar contagios; sin embargo, oficinas de gobierno y escuelas permanecen cerradas. A lo largo de estos 103 días, hemos aprendido que saludar de beso y de mano está prohibido, que debemos usar cubrebocas y careta en espacios públicos; y sobretodo, donde no podamos optar por la sana distancia. Nos han enseñado, que el lavado de manos con agua y jabón salvará la vida, y que si queremos a los que nos rodean debemos cuidarlos cuidándonos a nosotros mismos. Entrar en esta fase de apertura, es ciertamente una transición a normalizar un estado de incertidumbre, el cual causa miedo, pero se está aprendiendo a vivir con él. 

“Si de algo nos tenemos que morir” dicen algunos, que por lo menos no sea de hambre. 

 

Natalia Lara es coordinadora de la Licenciatura en Administración y Gestión Pública de la Universidad Abierta y a Distancia de México—institución pública de educación superior—y docente de la Maestría en Administración en Sistemas de Salud en la Universidad Internacional de la Rioja. Maestra en Políticas Públicas Comparadas por la FLACSO- México, se ha centrado en el estudio de la sociedad civil y la participación ciudadana, tomando como referencia las movilizaciones en torno al derecho humano al agua. 

À distance : chronique de déconfinement

Dijon, le 6 juin 2020. Demain dimanche, c’est la fête des mères. Je monte dans le train pour me rendre à Toulouse dans ma famille. Un petit périple de près de sept heures avec escales, masque obligatoire sur le nez en gare et dans les wagons. Dès que le premier ministre Édouard Philippe a annoncé la levée de la limite de déplacement de cent kilomètres le 28 mai dernier, j’ai acheté mes billets de train pour ce séjour et d’autres voyages à venir en France, comme beaucoup de mes compatriotes. En France, et pas au-delà : les vacances d’été seront tricolores. Dans cette deuxième phase du « déconfinement », nous avons désormais le droit de nous déplacer partout dans l’hexagone mais sans passer les frontières. Le 11 mai dernier, la première phase de déconfinement qui débutait nous autorisait à nous déplacer jusqu’à cent kilomètres autour de notre domicile, et c’était déjà une bouffée d’oxygène par rapport à la règle de un kilomètre qui prévalait depuis la mi-mars (sauf pour aller travailler ou faire les courses).

 

Autre chose a changé depuis la deuxième phase : avant le 28 mai, la France était coupée en deux, « zones rouges » au Nord et à l’Est, « zones vertes » au Sud et à l’Ouest, en fonction du niveau de circulation du virus et de la saturation des hôpitaux. Aujourd’hui, la carte du pays est toute verte, sauf pour la région parisienne en orange, tout comme Mayotte et la Guyane. Les parcs, les jardins, les plages et les forêts rouvrent partout, mais aussi les bars et restaurants avec des distances de sécurité d’un mètre entre les tables – et seulement les terrasses à Paris. Ah ! Le retour des petits verres de vin en terrasse, avec les jours qui rallongent et le soleil jusqu’à 22h ! Une libération.

Me voici donc dans le TGV (Train à Grande Vitesse), quittant la zone rouge pour la zone verte. Et tout en regardant le paysage défiler, une question me taraude : vais-je enlacer mes parents, que je n’ai pas revus depuis Noël ? Vais-je embrasser ma maman pour sa fête ? Vais-je faire des bisous à mes petits neveux de six et huit ans ? À ma grand-mère de quatre-vingt-un ans ? Les kilomètres qui nous séparaient jusqu’ici permettaient de ne pas se poser ce dilemme. Mais comment garder ses distances en présence des êtres chers ? Et surtout, comment expliquer ce geste de froide retenue, cette réticence de mon corps à s’élancer vers leurs corps, comment justifier mon lointain salut de la main, sans les vexer, sans les blesser ? Car dans le Sud, à Toulouse, nous nous embrassons avec plus de naturel qu’ailleurs. C’est une proximité toute latine que j’avais plaisir à retrouver dans l’abraço de mes amis au Brésil. Là-bas, en zone verte, mes proches sont plus détendus : on minimise le virus, on n’en parle même plus. C’est déjà de l’histoire ancienne. Moi, je suis plus prudente (ou plus peureuse). Dans l’Est, on compte encore nos morts. Mon compagnon soignant lave ses blouses deux fois par jour et part travailler déguisé comme un cosmonaute. Mais quand je serai entourée des miens, dans cette ambiance plus légère et familière autour d’un bon barbecue, ma distance ne semblera-t-elle pas ridicule ? Ou pire, offensante ? Vais-je repousser leurs élans chaleureux ? Va-t-on se moquer ou s’agacer de ce que l’on considérera là-bas comme de la paranoïa ? Ou de ce petit côté bonne élève toujours si raisonnable ? J’entends d’ici les plaisanteries : « Bienvenue en zone libre ! », en référence à la France de 1940.

 

Toulouse, le 8 juin, dans le train du retour. Visage masqué, mains lavées. Sans suspense : j’ai embrassé tout le monde, j’ai donné et reçu des étreintes, j’ai conjuré la saudade. L’appel des corps aimantés les uns vers les autres a eu raison de mes scrupules. Non, je ne regrette rien. Qui veut d’un monde où les gestes d’amour sont devenus dangereux ? 

 

Pauline Franchini é francesa e doutoranda em literatura comparada pela Universidade de Dijon. Desde a sua primeira viagem em 2014, ela é tão apaixonada pelo Brasil que tatuou um pé de jabuticaba e a palavra « saudade » no braço.

© 2020 por Coopernexus. Webdesign Matheus Meira, Bruno Andreoli e Livia Cucatto.